Quien trabaja en derechos humanos, acompaña a personas en situación de vulnerabilidad o milita en la defensa de causas colectivas sabe lo que significa poner el cuerpo. Pero existe un daño que pocas veces se nombra: el que no viene de los propios golpes, sino de estar cerca del dolor ajeno. Se llama trauma secundario, y en Centroamérica (una de las regiones más peligrosas del mundo para quienes defienden derechos) es una realidad cotidiana que merece ser reconocida y atendida.

Este artículo quiere dar nombre a algo que muchas personas activistas sienten, pero no saben cómo explicar y, que con frecuencia, carga consigo una culpa innecesaria: la sensación de que algo está mal en quien ayuda, cuando en realidad lo que ocurre es una respuesta humana completamente esperable.

Tres conceptos para entender lo que sucede

El estrés traumático secundario (STS) fue descrito por Figley (1995) como la aparición de síntomas similares al trastorno de estrés postraumático en personas que no vivieron el trauma directamente, sino que lo absorbieron a través del contacto con quienes sí lo padecieron. Valent (2002) señala que esta condición surge de la relación empática entre quien acompaña y quien fue víctima, y puede manifestarse con una intensidad comparable.

La fatiga por compasión, introducida por Joinson (1992) y desarrollada por Figley (1995), describe el agotamiento progresivo de la capacidad de sentir y expresar empatía. Tobón Restrepo (2021) la sitúa como una forma específica de burnout que afecta dimensiones cognitivas, emocionales, físicas, conductuales y relacionales, y que puede volverse crónica si no se interviene.

El trauma vicario, según la ACNUR (s.f.), son las reacciones de estrés que emergen al escuchar, leer o presenciar eventos traumáticos que le ocurrieron a otras personas. A diferencia de la fatiga por compasión (más ligada al agotamiento), el trauma vicario implica una transformación acumulativa en la manera en que la persona comprende el mundo.

Estos tres conceptos tienen matices distintos, pero comparten algo esencial: ninguno es señal de debilidad ni de falta de vocación. Son respuestas humanas documentadas ante la exposición sostenida al sufrimiento ajeno. Nombrarlas es el primer paso para dejar de cargarlas en silencio.

¿Cómo se manifiesta?

Los síntomas abarcan múltiples dimensiones. Tobón Restrepo (2021) describe dificultades de concentración, irritabilidad, hipervigilancia, insomnio, dolores físicos y un progresivo distanciamiento emocional. Satterthwaite (2017) agrega que las personas defensoras frecuentemente reportan pensamientos intrusivos, estados de tristeza prolongada y conductas autodestructivas. La misma investigadora encontró que el 71% de defensores encuestados no recibió ninguna preparación (o solo mínima) sobre los costos emocionales de su trabajo y el 75% indicó que su organización los apoyaba muy poco o nada para enfrentarlos. Holtz et al. (2002), en un estudio con trabajadores de derechos humanos en Kosovo, hallaron niveles elevados de ansiedad, depresión y síntomas de estrés postraumático, y concluyeron que las organizaciones deben incorporar programas de atención en salud mental como parte de su funcionamiento regular.

Un contexto que agrava el escenario

Centroamérica ofrece un entorno especialmente exigente. Según datos de Front Line Defenders citados por Olivares y Cortés (2023), entre 2018 y 2022 fueron asesinados 177 defensoras y defensores en el istmo, convirtiendo a la región en una de las más letales del mundo en proporción a su población. Este clima de violencia e impunidad no solo representa una amenaza física: profundiza el agotamiento emocional de quienes persisten.

La ACNUR reconoce el trauma secundario como un “daño previsible” y establece que su mitigación es parte del deber de cuidado organizacional (ACNUR, s.f.). Sin embargo, muchos colectivos activistas de la región operan sin protocolos de atención psicosocial y con recursos mínimos. El autocuidado individual importa, pero no puede ser la única respuesta: se necesitan condiciones colectivas e institucionales que lo sostengan.

Nombrar es el principio del cuidado

El trauma secundario no se resuelve con voluntad ni con mayor distancia emocional. Requiere reconocimiento, acompañamiento y estructuras organizacionales que lo tomen en serio. Saber que lo que se siente tiene nombre, que está documentado y que no indica fracaso, puede ser el inicio de la recuperación. Cuidar la propia salud emocional no es una distracción de la causa: es una condición para poder sostenerla.

Foto de referncia/ EFE

Para quienes quieran profundizar, estas son las fuentes que sustentan este artículo:

ACNUR. (s.f.). Salud y bienestar del personal: trauma vicario y burnout en el procesamiento de casos. Manual de Reasentamiento de ACNUR. https://www.unhcr.org/resettlement-handbook/2-managing-resettlement-activities/2-9-health-and-well-being-of-unhcr-colleagues/

Figley, R Charles. (Ed.). (1995). Compassion fatigue: Coping with secondary traumatic stress disorder in those who treat the traumatized. Brunner/Mazel.

Holtz, Thomas. H., Salama, P., Lopes Cardozo, B., & Gotway, C. A. (2002). Mental health status of human rights workers, Kosovo, June 2000. Journal of Traumatic Stress, 15(5), 389–395. https://doi.org/10.1023/A:1020133308188

Joinson, Carla. (1992). Coping with compassion fatigue. Nursing, 22(4), 116–122.

Olivares, Iván, y Cortés, Vanessa. (2023, 16 de junio). Defensores indefensos: la crisis de quienes cuidan los derechos civiles en Centroamérica. CONNECTAS / Confidencial. https://www.connectas.org/defensores-de-derechos-humanos-indefensos-en-centroamerica/

Satterthwaite, Margaret. (2017). Evidencia de trauma: el impacto del trabajo de derechos humanos en los defensores. OpenGlobalRights. https://www.openglobalrights.org/evidence-of-trauma-impact-of-human-rights-work-on-advocates/?lang=Spanish

Tobón Restrepo, Luis Javier. (2021). Fatiga por compasión y autocuidado en profesionales de la salud: el campo del cuidado y la responsabilidad personal. Revista AGO.USB, 21(2), 730–747. https://doi.org/10.21500/16578031.5198

Valent, Paul. (2002). Diagnosis and treatment of helper stresses, traumas, and illnesses. En C. R. Figley (Ed.), Treating compassion fatigue (pp. 17–37). Brunner-Routledge.

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